La revolución del nacimiento

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Introducción a La Nueva Revolución del Nacimiento (Ob Stare, 2014)

Han pasado casi 20 años que se publicó la primera versión de La Revolución del Nacimiento, en el año 1994 , y casi siete de la segunda versión, publicada en 2006. Desde entonces, en algunos sentidos las cosas han cambiado mucho, en otros casi nada.

Quisiera destacar dos acontecimientos que han tenido una profunda influencia sobre el panorama de la atención al parto en España: en el año 2003, la constitución de la Asociación El Parto es Nuestro, y en el 2007, la publicación por parte del Ministerio de Sanidad (Observatorio de Salud de las Mujeres) de la Estrategia de Atención al Parto Normal del Sistema Nacional de Salud, y posteriormente las guías que la desarrollan. Sin el primer acontecimiento no se habría producido el segundo.

Cuando la colección en la que fué publicada la segunda versión de este libro desapareció, no pensé que volvería a publicarse de nuevo; sinceramente, estaba convencida de que el asunto ya estaba “en vías de solución”. Habiendo formado parte del grupo elaborador de la Guía de Práctica Clínica de Atención al Parto (la GPC publicada en 2010)[3] en representación de la asociación, inocentemente creí que el tiempo para un libro como éste, sencillamente, había pasado … ¡Afortunadamente! Cuando Eva Darias, de la editorial Obstare, me proponía volver a publicarlo, yo le respondía que “ya no hacía falta”, aunque quizá sí para Latinoamerica, cuyas astronómicas tasas de cesáreas impresionan y son el síntoma visible de un sistema de atención al parto profundamente medicalizado.

Sin embargo, el tiempo ha pasado, y los grandes cambios que auguraba la Estrategia de Atención al parto no se han producido, o no en la medida en que cabía esperar, ni en proporción a la calidad y profundidad del trabajo realizado. Los testimonios de las mujeres y de un sector de los profesionales, y las estadísticas de intervenciones, tanto las oficiales como las elaboradas por la asociación El Parto es Nuestro, han demostrado que los cambios, en muchos sitios, son más cosméticos que de fondo, y que ha cambiado más el discurso que la práctica. O lo que es lo mismo, en muchos centros han cambiado unas pocas cosas accesorias, para continuar prácticamente igual que antes.

Esto ha demostrado varias cosas: la primera, que hay profesionales /centros que no están interesados en cambiar el estado de cosas. La segunda, algo inaudito, e impensable en otras especialidades médicas: que se lo pueden permitir. O dicho de otro modo, la obstetricia (y muchos aspectos la neonatología) continúa disfrutando de un exceso de poder, que unido a una evidente falta de consciencia, sigue manteniendo en gran medida el estado de cosas a pesar de las recomendaciones oficiales y del trabajo realizado. La tercera: que es difícil cambiar prácticas cuando estos cambios desafían el sistema interno de creencias y valores, tanto a nivel personal como colectivo. Y una gran parte de la atención al parto que se presta actualmente está más cerca del mito y la creencia que de la ciencia.

Así, hoy por hoy no existe ningún mecanismo interno que obligue a los centros sanitarios y a los profesionales a actualizarse. Eso hace que en algunos hospitales las nuevas recomendaciones se apliquen, en otros se apliquen a medias o según los profesionales, que en otros no se apliquen en absoluto, que en algún hospital donde se habían realizado grandes progresos todo regrese al estado inicial simplemente porque ha cambiado el Jefe de Servicio, o que sea el Jefe de Servicio quien quiera aplicar los cambios y algunos o todos los profesionales se resistan. Esta discrecionalidad a la hora de aplicar o no las nuevas directrices es tanto más inexplicable cuando que no son impuestas desde arriba por un principio de autoridad (como ocurre en Educación, por ejemplo), sino elaboradas por los propios profesionales a través de sus sociedades científicas (de obstetras, matronas, pediatras), basados en la literatura científica más actual, y refrendados por los consejeros de Sanidad de todas las Comunidades Autónomas, a través del Consejo Interterritorial de Salud.

Así, seis años después de la publicación de la primera versión de la Estrategia (2007) y tres años después de la publicación de la GPC, sí ha mejorado en algunos aspectos. Por ejemplo, la tasa de episiotomías ha descendido del 68% (en 2004) al 43% en 2010. No así el resto de las prácticas: un 87% de las mujeres sigue pariendo en posición de litotomía (tumbada boca arriba), la oxitocina sigue administrándose en un 53,3% de los partos, las inducciones no sólo no han descendido, sino que han aumentado hasta el 19,4%, los partos instrumentales (fórceps y ventosas), también se han incrementado, afectando al 15% de todos los partos, y las de la maniobra Kristeller, un astronómico 26%. Estas cifras se refieren a la sanidad pública, en la sanidad privada la medicalización es aún mayor: por ejemplo, los índices de cesáreas siempre han sido alrededor de un 50% superior que en la sanidad pública; las inducciones, en algunas clínicas privadas pueden llegar a alcanzar cifras de más del 40%. [4] [5] [6].

Aún así, hoy en día sí es posible encontrar algunos hospitales con una atención al parto más respetuosa.

En Latinoamerica la industrialización del nacimiento alcanza proporciones epidémicas, y nada mejor que las tasas de cesáreas para tomar el pulso al sistema: en Chile en la medicina pública rondan el 38%, el 70% en la privada, en Argentina, el 25-30% en la pública, 45-50% en la privada, en Colombia, en la sanidad privada rondan el 70-80%[7]. En México, la media es del 45%, que llega a alcanzar el 70% en las clínicas privadas. En el resto de países las cifras son similares.

Estas son las estadísticas objetivas. No hay cifras que reflejen la verdadera iatrogenia de este encarnizamiento, el daño evitable a las madres y bebés, la afectación de su vínculo, que tanta trascendencia psicológica y social tiene, las lactancias arruinadas, el trauma postparto[8], las secuelas físicas y psíquicas del maltrato y la violencia obstétrica, el derroche económico que implica destinar tantos recursos a operaciones perfectamente innecesarias.

Todo ello demuestra que estamos muy lejos de lograr los objetivos. No estamos ante un mero cambio de prácticas, sino de mentalidad e incluso “de paradigma”, según afirma la Estrategia. Algo que pasa por una toma de consciencia y una transformación interior de cada uno y cada una, y no sólo de los procedimientos y las rutinas. Pero lo que ya parece evidente es  que eso no va a ser un parto espontáneo: hay que trabajar para que suceda.

Eso hace que el papel de las usuarias y usuarios siga siendo vital, e imprescindible para avanzar en la consecución de objetivos: haciendo valer los derechos reconocidos por las leyes sanitarias, que sí se respetan en otras especialidades médicas, evidenciando las malas prácticas y la violencia obstétrica, trabajando por la transparencia exigiendo y haciendo públicas las cifras de intervenciones, presentando reclamaciones cuando es oportuno, solicitando en cada consulta una atención conforme a la evidencia científica, porque ese el estímulo imprescindible para que se apliquen las nuevas directrices. Este último punto es muy importante, ya que sí hay centros y profesionales que han cambiado o están haciendo un gran esfuerzo por cambiar prácticas y actitudes, a menudo nadando contracorriente y con la presión que supone hacerlo en un medio convencional. Que las familias soliciten otro tipo de asistencia es la condición imprescindible para validar ese trabajo y seguir avanzando por esa vía.

Hoy la palabra de moda es “evidencia científica”, esa que se exige para erradicar prácticas que se instalaron sin la más mínima evidencia científica. Hacer las cosas evidentes es también una herramienta necesaria para estimular el cambio, trabajar por la transparencia sacando los hechos del cómodo anonimato que los ampara, como el reciente informe sobre la accesibilidad a las UCIs[9] neonatales publicado por la Asociación El Parto es Nuestro, poniendo nombre a lo que ocurre, como el término “violencia obstétrica” acuñado por las activistas venezolanas, una violencia tan naturalizada que pasa inadvertida, reconociendo el buen trabajo profesional y las mejoras en la atención cuando suceden, realizando campañas de visibilización, como los elocuentes spots realizados por la Asociación argentina Dando a Luz, trabajando en red, como lo hacen la Red Latinoamericana y del Caribe de Humanización del Parto y Nacimiento[10], la Asociación El Parto es Nuestro[11], o ENCA (European Network of Childbirth Associations)[12]

Dice la filosofa Isabel Aler que la primera estrategia de quien detenta el poder en un sistema, ante cualquier intento de modificarlo, es la apropiación del discurso. Eso está sucediendo. Frases como “permitimos que la mujer participe en su parto” (¡¡muchas gracias!!) dejan entrever que en muchos casos, la relación de poder sigue siendo la misma. Sirviendonos de la metáfora del cuento del lobo y los siete cabritillos, embadurnar la pata de harina no convierte al lobo en un cordero.

Busquemos el cambio, pero cuidémonos, a nosotras y nuestros bebés. Cada parto es único e irrepetible.

Isabel Fernandez del Castillo
La nueva revolución del nacimiento
Mayo 2014