Niños y pantallas ¿quien controla a quien? Algunas claves para gestionarlo

Esta entrada va dirigida a esas madres y padres que creen que gestionar el tiempo de pantallas es una batalla perdida de antemano.  No es cierto.  No es que yo tenga la clave, por supuesto que no. La vida se ha ido haciendo cada vez más compleja y la circunstancia de cada familia es única.  Pero quiero compartir mi experiencia, por si a alguien le sirve.  Reconozco que no es lo mismo criar niños ahora que cuando tuve a mis hijas, en los años 90, pero ya entonces muchos niños pasaban toda la tarde ante la tele.  Tampoco es lo mismo abordar este tema cuando los niños son pequeños y está en nuestra mano gestionarlo totalmente, que cuando ya son mas mayores o adolescentes.

He de reconocer que en mi visión del tema fué fundamental  Joseph Chilton Pearce, a quien tuve la fortuna de leer antes de que mis hijas nacieran.  Esa lectura y los magníficos capitulos sobre el juego del libro de Bruno Bettelheim  “No hay padres perfectos”  me hicieron tomar la decisión de que haría lo posible porque mis hijas jugaran todo lo posible.  Y fué muy muy fácil. Fué fácil porque establecí las reglas por adelantado cuando eran pequeñas.  Todo radica en no crear hábitos y derechos adquiridos para luego tratar quitarselos.  

Cuando escucho a tantas madres y padres expresar la dificultad actual en controlar la tecnología pienso que parte del problema está en asumir que es natural que la tecnología forme parte de sus vidas desde el principio por el simple hecho de que se fabrique y se venda, y que luego es inevitable pelear todos los días contra ese agujero negro que los absorbe irremisiblemente (cuando los niños han sobrepasado cierta edad, algo de eso hay).  Cuando son pequeños, es justo lo contrario.  El enfoque más eficaz, más fácil y más tranquilo es asumir que no es natural que la tecnología forme parte de sus vidas (no porque sea mala sino porque es inadecuada a esa edad, igual que es inadecuado ofrecer alcohol a una niña de 7 años, o un bocadillo de calamares a un bebé recién nacido).  Los adultos tenemos que gestionar si, cuando y como se utiliza la tecnología.  (Eso requiere coherencia, claro, y no utilizarlo a nuestra conveniencia).

creatividadLa clave no está en “quitar” las pantallas, sino en tomar por adelantado buenas decisiones respecto a si/cuando/cuanto se la damos.  No es algo que haya que consensuar con los niños, ya que ellos no conocen las implicaciones de engancharse a la tecnología, ni sus consecuencias. Por tanto, no están en situación de decidir.  Es así de sencillo.   Es evidente que llega un momento en que hay que ir flexibilizando esto, pero no es lo mismo que un chaval de 12 años dedique una hora al entretenimiento audiovisual, cuando ya tiene muchos recursos porque en su infancia ha podido jugar mucho, hacer deporte, relacionarse mucho, en suma, desarrollar sus inteligencias física, social, intelectual …  que tener acceso irrestricto desde la primera infancia, con lo que ello supone.

Lo que yo hice fué lo siguiente:

  • Retrasar lo más posible la exposición a la tele (hoy diríamos: a las pantallas, tablets, móviles, etc.).  Eso requiere que los adultos no estemos enganchados a las pantallas constantemente. En nuestro caso, la TV no se encendía hasta por la noche cuando estaban dormidas.
  • A partir de cierta edad, podían ver una película previamente seleccionada los sabados y domingos por la mañana.  En vacaciones, la película era despues de comer, cuando hacía más sol.
  • De lunes a viernes, nada de tele.  Lo gracioso es que nunca la pidieron (quizá dos o tres veces en toda su infancia) porque asumieron que en la naturaleza de los días de diario no había tele.  Por tanto, después del cole se dedicaban a jugar, a pintar, a disfrazarse … Ibamos al parque, o jugaban en casa, entre ellas o con otros niños.  Contabamos cuentos todos los días.  No vieron series que enganchan a los niños a la pantalla tarde tras tarde.  No hubo nada que negociar, ni discusiones para apagar la tele.  Era así y punto.
  • Nada de tele en su cuarto. La TV en la habitación (o la tablet, o el móvil…)  no solo socava la comunicación familiar, sino expone a los niños a muchas más horas de pantalla, a los peligros asociados a la red y a ver mucho porno antes de saber que el sexo no es “eso”.
  • Tampoco tele en la cocina, ni en las comidas.
  • Nunca utilizamos la tele como un “premio”

Hay quien piensa que esta gestión es restrictiva: al contrario. Restringimos la tele para permitir que sí tuvieran  las experiencias que les correspondía por el hecho de ser niñas: jugar, ir al parque, escuchar cuentos, relacionarse con personas reales.  Todo muy sencillo.  En suma que pudieran vivir realmente su infancia.

¿Y ahora qué?

Digamoslo claramente: las pantallas crean adicción.   Cuando un niño o niña está acostumbrado a llenar su tiempo pulsando un botón y de repente se lo “quitamos”, el conflicto está asegurado, entre otras cosas porque el músculo de la iniciativa de juego requiere práctica. Se va a rebelar; ese es el peligro de los “derechos adquiridos”.  Pero se pasa; hay que ponerse a ello.    Por eso los pedagogos recomiendan no llenar el tiempo de los niños y que se “aburran”.  Solo del vacío surge la creatividad.  La creatividad no se “estimula” directamente, surge cuando las condiciones lo permiten.  Hay que pasar el trago, invitarle a que nos ayude en casa, llevarle al parque, ayudarle a iniciar algún deporte.  Todo depende de la edad.  Antes o después surgirá alguna iniciativa de juego, pero hay que ofrecerle oportunidades.

Importante: contactar con otras familias que compartan esta visión de la infancia. Hay familias que encuentran frustrante ir al parque y que no haya nadie, o encontrarse con niños cuyo juego es una réplica de las series que ven, o que solo juegan juntos a través de la play.

Y no hemos hablado de los contenidos …

Venga, que el mundo es de los valientes 🙂

Isabel F. del Castillo
formacionterramater.es