Corredores de biodiversidad, la gran asignatura pendiente

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Uno de los grandes problemas de la mente racional cuando opera bajo un paradigma mecanicista, es su dificultad para pensar globalmente y percibir las relaciones entre los diversos elementos de un (eco)sistema. Eso hace que los problemas generados por su actividad sólo se vean después, una vez que las consecuencias son visibles, es decir, cuando el daño ya está hecho.

como-los-lobos-cambian-rio-paque-yellowstoneHace años leí un libro muy interesante cuyo titulo no recuerdo, donde por primera vez supe lo que es el “efecto isla”, esto es, lo que ocurre cuando la naturaleza salvaje no sólo queda reducida en extensión, sino limitada a pequeños fragmentos incomunicados entre sí.  Esto tiene graves efecto sobre la biodiversidad: el primero es que las poblaciones animales entran inmediatamente en endogamia, afectando genéticamente a las especies. El segundo, y muy importante, los espacios tan reducidos destruyen automáticamente la autorregulación entre especies. Este bellísimo documental ilustra claramente cuales son las consecuencias de perturbar gravemente (o restaurar) el equilibrio en un ecosistema.

Una consecuencia de la pérdida de los grandes depredadores, o de la ausencia de aves rapaces que no encuentran un hábitat apropiado, es que algunas especies proliferan en demasia (por ejemplo, los conejos) causando verdaderos estragos sobre todo el ecosistema.  Un problema añadido es la pérdida de biodiversidad de los espacios naturales “restaurados” con criterios de monocultivo.

koala_crossing_logDesde entonces, cada vez que viajo por carretera en coche me fijo en cómo se diseñan las grandes infraestructuras viarias, y me sigue sorprendiendo que hoy en día, en plena crisis ecológica y con todo lo que ya se sabe, el diseño de carreteras y espacios “civilizados” siga cometiendo el mismo error: no hay comunicación entre un margen y otro.  Y no es tan difícil de hacer: solo hay que tenerlo en cuenta, pensar globalmente.

79Este “efecto isla” se multiplica por la destrucción de “lo pequeño”, y sin embargo tan importante para la totalidad de la cadena trófica, que es la vegetación espontánea en los márgenes. Me refiero a los herbicidas en general y el glifosato en particular con el que se fumiga cunetas de carreteras y las vías férreas, y que tiene un impacto tan brutal no sólo sobre la vegetación, sino sobre las poblaciones de abejas y otros otros insectos importantísimos para la vitalidad de los ecosistemas.  Justo lo contrario de lo que se hace en otros países claramente más civilizados y avanzados en estas cuestiones.

Esta política miope de “limpieza” convierte así una gran parte del territorio en una malla de naturaleza muerta que aisla las zonas naturales no sólo físicamente, sino también biológicamente. Que estos productos de uso masivo tengan un efecto carcinógeno probado no parece haber desanimado su uso.

Paralelamente, y favorecido por políticas agrarias subvencionadas y mal enfocadas, mucha de la agricultura a pequeña escala de hace varios decenios ha mutado en grandes extensiones de monocultivos, que no solo utilizan estos productos agrotóxicos a gran escala, sino que en muchos casos han destrozado la valiosísima red de setos y vegetación autóctona de las doslindes, que incluía árboles, arbustos y diversas plantas de alto valor ecológico y hábitat de muchas especies.  Las vegetación entre parcelas agrarias cumplen una función valiosisima en el control de plagas, de mantenimiento de la fertilidad del suelo y de captación de agua, además de pajaro insectopara la biodiversidad en general. Su desaparición no es sólo una catastrofe biológica, sino la fórmula perfecta para  erosionar el terreno y empujarlo por la peligrosa pendiente de la desertificación.  Las zonas desertificadas son, entre otras cosas, aceleradoras del cambio climático, además de favorecer las inundaciones de agua y barro ladera abajo.

Urge una mirada global sobre la naturaleza. “Salvar el lince”, o “salvar el quebrantahuesos” está muy bien, pero esa mirada tan fragmentada sobre la naturaleza se queda coja ante la complejidad del problema que hemos creado.

 Isabel Fernandez del Castillo