Extracto de la introducción del libro La niñez como estado de conciencia
Si tuviera que concretar en una palabra la idea fundacional de este libro, diría que es la inteligencia, y con ello no me refiero al intelecto humano, sino a algo mucho más grande y sofisticado, del cual nuestro intelecto es sólo una de las expresiones. Me refiero concretamente a la inteligencia primordial y a dos aspectos de ella.
La inteligencia de la naturaleza
Se manifiesta cada segundo en el funcionamiento de nuestras células, en nuestro sistema inmunitario, en la secuencia de movimientos que hace cada bebé antes de ponerse de pie, en la semilla que germina por sí misma cuando las condiciones son apropiadas, en cada madre que sabe lo que necesita su criatura solo con mirarle, en el recién nacido que reconoce a su madre entre mil y sabe exactamente qué hacer para llegar a su primer destino —el pecho de su madre—, en el abejorro que sabe a qué flor dirigirse, en la flor que ha florecido en el momento justo, en nuestra capacidad de aprender, conectar y co—crear con la naturaleza.
Es una inteligencia invisible que ordena y está implícita en lo visible, en la biología, en la de dentro y en la de fuera, en cada fenómeno natural. Así la define Max Planck, físico y creador de la teoría cuántica:
Debemos suponer que detrás de esta fuerza (que vemos como materia) hay una Mente consciente e inteligente. Esta Mente es la matriz de toda la materia.
A ella se refiere indirectamente el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española cuando la define así:
RAE: Inteligencia es la capacidad de entender o comprender
¿Comprender qué? Comprender “algo” que estaba ahí antes de existir nosotros, antes de estar en posición de entenderlo, algo que jamás habríamos podido diseñar, algo más grande que nuestro intelecto.
Esta inteligencia ha sido llamada de muchas formas por los científicos y pensadores: Gregory Bateson la denominaba “la mente de la naturaleza”, Gregg Braden “la matriz divina”, Max Planck “el campo cuántico”, David Bohm “el orden implicado”, y otros científicos se refieren a ella como “el campo”, el origen invisible de todo lo visible. Muchas de las conclusiones a las que está llegando la ciencia actual estaban formuladas hace siglos en muchas tradiciones espirituales antiguas. ¿Cómo llegaron a ese conocimiento?
La inteligencia intuitiva
El segundo tipo de inteligencia a que me refiero en este libro tiene que ver con nuestra capacidad de sintonizar con la primera. La naturaleza no solo nos ha dotado de la capacidad de razonar —siempre limitada a lo que conocemos— sino de percibir directamente sin que medie el razonamiento lógico. Es la mente receptiva, capaz de intuir, de leer el libro de la naturaleza —cosa que nuestros antepasados hicieron fácilmente—, de relacionar y pensar contextualmente, de aprender a través de la experiencia, de percibir lo que está más allá de lo aparente, de sentir e inferir lo que siente el otro, de captar las metáforas implícitas en lo que vemos, de expresar lo inefable a través del arte, o incluso de una mirada.
Un aspecto de esta inteligencia es la intuición, que el diccionario de la Real Academia Española define así:
RAE: Intuición es la facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento.
Y esa mente receptiva tiene su máxima expresión en la niñez, que no habita el prosaico mundo adulto, sino un territorio sutil y algo etéreo, en un punto intermedio entre el estado de conciencia onírico y el ordinario adulto, un estado que les mantiene en contacto con lo inefable.
La inteligencia del cuerpo
Que no es otra que la expresión en nosotros de la primera inteligencia, la de la naturaleza, sustrato biológico de todas las demás. De nuevo el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española nos da una clave del paradigma que define nuestra relación con nuestro cuerpo, aunque esta vez no en la definición de lo que es, sino de lo que no es:
RAE: “Cuerpo” es lo opuesto a “alma”, “espíritu” y “mente”.
Así, en estas pocas pero elocuentes palabras está plasmado el paradigma cartesiano de pensamiento que separa el cuerpo de las dos primeras inteligencias: de la inteligencia de la naturaleza que se manifiesta en todo proceso vivo y en nosotros, y de la inteligencia intuitiva —o mente receptiva que nos permite conectar con esa primera inteligencia primordial. Y, sin embargo, el cuerpo es el sustrato de la vida, el territorio donde sucede la experiencia —y por tanto las emociones y el aprendizaje que de ella se derivan—, la puerta de la percepción, la parte visible de una dimensión invisible.
Y así llevamos unos cuantos siglos, con el cuerpo huérfano, despojado de su dimensión de asiento de otras inteligencias, de sede del alma, desconectados de la increíble maravilla que es. Separando el alma, el espíritu y la mente del cuerpo, la RAE ratifica el divorcio secular entre mente y cuerpo, entre razón e intuición, entre lógica y emoción, entre ciencia y arte, entre la materia y el espíritu que la anima.
Y así hemos construido una civilización a espaldas de nuestra naturaleza y, desconectados de la nuestra, tampoco entendemos la de nuestros hijos, ni la de ahí fuera, a la que destruimos alegremente porque solo vemos lo que podemos obtener de ella. Dice Ian McGilchrist:
El asalto del hemisferio izquierdo a nuestra naturaleza encarnada no es sólo un asalto a nuestros cuerpos, sino a la naturaleza encarnada de los mundos que nos rodean. La materia es lo que se resiste a la voluntad. La idea de que el mundo “material” no es sólo un montón de recursos, sino que involucra a cada aspecto del ámbito del valor, incluido el espiritual, que a través de nuestra naturaleza encarnada podemos comunicarnos con él, que hay respuestas y responsabilidades que deben respetarse, se ha perdido en gran medida en la cultura dominante.
Ni la sabiduría popular ni el arte, sin embargo, olvidaron nunca que el cuerpo tiene una forma de inteligencia que no pasa por el filtro de la razón; “el corazón tiene razones que la razón no conoce”, decía Pascal.
Esta visión del cuerpo como algo secundario se refleja actualmente de un modo muy concreto en cómo criamos y educamos a los niños, en cómo les atornillamos a la silla y sus ojos a las pantallas en etapas en las que el desarrollo está ligado —entre otras cosas— al movimiento, la experiencia en el mundo físico, la interacción con los otros. También se refleja en cómo sustituimos el mundo real y a la vez sutil que les es propio por entornos artificiales y sobreestimulantes.
Perdida la conexión con la naturaleza, la de la infancia en este caso, nos hemos echado sobre los hombros la responsabilidad de enseñarles habilidades que van a adquirir por sí mismos si les damos tiempo. Así, la educación en los primeros años ha sustituido el aprendizaje motivado internamente por la enseñanza de cosas según un calendario adulto que no tiene en cuenta su naturaleza, su estado de conciencia y su forma de aprender.
El tipo de ocio que les ofrecemos también oculta el cuerpo tras la máquina, y con él el juego físico en el mundo real, la experiencia en la naturaleza, en suma, el territorio donde se expresa y desarrolla lo específicamente humano, sustituyendo el mundo infantil genuino por un gran parque de atracciones.
Sinopsis e índice
