Por qué escuchar cuentos es mejor para los niños que verlos en película


Albert Einstein resumió en dos frases inspiradoras la importancia de la imaginación como un aspecto fundamental de la inteligencia creativa. Primero afirmó que

la imaginación es más importante que el conocimiento, porque el conocimiento se limita a lo que conocemos, mientras que la imaginación abarca el mundo entero y todo lo que queda por conocer y comprender“,

y trasladado al mundo de la infancia:

si quieres niños inteligentes cuentales cuentos, si quieres que sean más inteligentes, cuentales más cuentos“.

 

Miremos a nuestro alrededor: todo lo que ha sido creado por el ser humano ha sido previamente imaginado por alguien, desde la invención de la rueda hasta la obra de arte más sublime.  Todos los avances importantes de la humanidad se han producido porque alguien fué capaz de imaginarlo, o de intuir conexiones novedosas entre distintos conocimientos, o de recibir inspiración de otras fuentes que la mente racional, o probablemente todo junto.

La capacidad de imaginar está estrechamente ligada a la creatividad y al pensamiento simbólico, y es también el fundamento del desarrollo posterior del pensamiento abstracto, como bien explica Joseph Chilton Pearce.   Y la imaginación se desarrolla en primera instancia en la infancia, y muy intensamente en los primeros siete años; por medio de tres cauces principales: los cuentos, el juego simbólico y el arte.  Lamentablemente, hemos encontrado la forma de inhibir en gran medida los tres, y lo hacemos a diario, de múltiples formas, pero especialmente:

  • el arte, sustituyendo la expresión artística libre por las fichas de colorear.
  • el juego, reduciendo a mínimos históricos el tiempo libre de los niños. Hasta los 7 años, el juego es imaginativo y simbólico.  Es una etapa de juego fundamental pero efímera, que no vuelve.  Sacrificar el juego espontáneo por el entretenimiento audiovisual va en contra de las necesidades auténticas de nuestros hijos.
  • las narraciones; cuando en vez de leerles cuentos les ponemos los dibujos animados, sustituimos el acto de escuchar, que potencia la creación de imágenes internas, por el acto de ver imágenes ya creadas por otros.

Todos sabemos lo que ocurre cuando leemos una novela:  cada linea que avanzamos vamos creando nuestra película en la cabeza.  Somos especialmente conscientes cuando la novela se lleva al cine y vamos a verla; a menudo nos decepciona: nuestra “película” era mejor.

En los niños, ese trabajo de creación de imágenes internas, únicas y genuinas de cada uno es uno de los trabajos fundamentales de la infancia,  el sustrato de todo desarrollo posterior de la inteligencia creativa.  No debemos desdeñar todo aquello que es universal: en todas las culturas se cuentan cuentos a los niños, No hay un solo niño en la faz de la tierra al que no le guste escuchar cuentos. Cuando todos los niños del mundo están de acuerdo, siempre responde a una necesidad fundamental..

¿Qué ocurre cuando eso se sustituye por lo audiovisual?  Cuando los niños “ven” directamente el cuento en imágenes, su mente ya no tiene que hacer ese trabajo; es más, de alguna forma es colonizada por ellas. Una vez que has visto el cuento de los tres cerditos de Walt Disney, aunque después “escuches” el cuento, el cerebro tirará de esas imágenes grabadas.  El trabajo interno de imaginar no se ha hecho.

Por otra parte, el lenguaje de los cuentos tradicionales es un lenguaje simbólico, muy cercano al de los sueños.  Es un lenguaje natural y apropiado para los niños, porque hasta los siete años están en la fase de desarrollo de la mente simbólica, que es lo mismo que decir la mente holística, intuitiva, creativa y capaz de percibir relaciones entre distintos elementos de un sistema.    A partir de esa edad los niños van dejando atrás el mundo imaginativo y entrando en una etapa de mayor desarrollo de la mente racional; es el momento en que, de modo espontáneo,  el juego simbólico (el “vale que”) va siendo sustituido por los juegos reglados (antiguamente, ahora cambia por los juegos de ordenador).  A los adultos actuales, muy pegados a lo racional, nos cuesta sintonizar con esa cualidad de nuestra mente, y por tanto con esa realidad y esa necesidad de la infancia.

Pero vivimos en una era tecnológica, es indudable.  ¿Que hacer pues?  A menudo se dice que “puesto que van a vivir en esta sociedad, cuando antes entren en el mundo tecnológico, mejor”.   Personalmente, pienso que es al contrario:  puesto que su ingreso en la sociedad tecnológica está de todas formas garantizado, protejamos el tiempo y el entorno apropiado de la niñez para que puedan transitar, experimentar y saborear a fondo y con tranquilidad todas las etapas fundamentales de la infancia, que no necesitan de tecnología.  No todavía.

Ojo, esto no quiere decir que ver películas sea “malo”, sino que en cada fase de desarrollo hay unas necesidades, y cuanto más pequeños son, mayor la necesidad de escuchar narraciones y cultivar su imaginación, y menos indicado es “ver” las historias ya creadas.  El problema no es si lo audiovisual es “bueno” o “malo”, sino “cuando” se introduce, “en qué medida”, y sobre todo, qué es lo que sustituye y que es lo que inhibe.  Si inhibe el juego espontáneo y la imaginación en un momento en que esto es fundamental, merece la pena plantearse si es lo más conveniente.

Unas medidas muy sencillas para gestionar las pantallas, especialmente cuando aún son pequeños y no hay “derechos adquiridos”, son las siguientes.

  • Retrasar al máximo la primera vez de ver dibujos animales.  A los niños no hay que “quitarles el iPad”, como a veces se recomienda. Es infinitamente más efectivo y más cómodo no dárselo de entrada.  Los niños sanos juegan siempre que pueden.   Pero una vez entrenados en la pasividad del consumo de productos de entretenimiento, es más difícil echar marcha atrás:  lo van a pedir.
  • Contarles cuentos todos los días, adecuados a su edad
  • Cuando empieza el cole, limitar la TV al fin de semana.  Es mil veces mejor que después del cole jueguen y escuchen historias, que que pasen la tarde sentados viendo la tele.
  • No poner tele de la cocina ni en las comidas.
  • Nunca ponerla si tiene alguien con quien jugar
  • Limitar el tiempo.
  • Escoger muy bien los contenidos.
  • No llevarles a ver la película de un cuento infantil hasta haberlo escuchado -o leído- varias veces.
  • Echar mano si es preciso de la alternativa del cuento en CD.