“Niñ@s, eso no se toca” y otras oportunidades perdidas

27160779_sEs Navidad, tiempo de compras en familia en comercios y supermercados.  Y como me gustan mucho los niños, no puedo evitar mirarles. Y lo que veo es que, muy a menudo, esas ocasiones se convierten en un momento de tensión, regañinas y una gran energía gastada en conseguir que los niños no se muevan, no toquen nada, no cojan nada, no hagan nada.

Pero lo que es a menudo veo es a niños tratando de hacer, concretamente de hacer lo mismo que sus padres. La imitación es una fuerza poderosísima que hace una gran parte del juego de los niños se base en la imitación de lo que hacen los adultos.  Es un mandato interno insoslayable que les permite desarrollarse, adquirir habilidades y recursos. Lo hacen hasta los mamíferos más evolucionados; cuanto más evolucionada la especie, más importante es la imitación para las crías.

Los niños necesitan imitar actividades físicas que tengan un sentido profundo, y conseguir alimentos para llevar a casa lo es.  Simplemente necesitan incorporarse a la actividad, ser “parte de”.

1003320_494342443973435_844447972_nPero el mundo adulto a menudo no ve eso; lo vemos como una molestia. Hemos creado una cultura que divide todo en compartimentos estancos, con “actividades propias de adultos” y “actividades infantiles”, pero resulta que el juego de los niños pequeños consiste, precisamente y en gran medida, en jugar a lo que hacen los adultos, imitarles.

Hoy en día, dado que la mayor parte del trabajo que realizamos es frente a una pantalla, hay muy pocas actividades físicas que imitar.  Por tanto, hacer la compra es una ocasión de oro, tanto como cocinar, tender la ropa …  Volviendo al tema del supermercado, hay una infinidad de cosas que los niños pueden hacer para participar y “ayudar”, según su edad.

La experiencia dice que cuando los niños están embarcados en actividades significativas y reales son cuidadosos con las cosas y responden positivamente a la confianza que se deposita en ellos. Cuando se les trata como una molestia y un peligro en potencia, también responden, de una forma coherente.

A veces me da la sensación de que los adultos deberíamos revisar nuestro concepto de “limites”, y estar seguros de que hay un fundamento para cada uno de ellos. Porque  lo que los niños necesitan no es una lista interminable de “esto no se hace”, algunos o muchos de ellos arbitrarios y dudosos y que convierten el día a día en una pelea, sino un fundamento sólido detrás de cada límite, y  para todo lo demás dejarles que participen, involucrarles positivamente en actividades significativas, no solo para ellos, sino para toda la familia. Entonces, sencillamente, florecen.

Isabel Fernandez del Castillo